
Nació el 3 de julio de 1860 en Hartford, Connecticut. Cuando era pequeña su padre, bibliotecario y escritor, tras la muerte de uno de sus hijos, abandonó a su esposa y al resto de hijos, dejándolos en la indigencia. Su madre, Mary Perkins, hizo todo lo posible para mantener a su familia, pero sin éxito, por lo que tuvieron que vivir acogidos en casas de familiares. Con quienes más tiempo pasan es con sus tías paternas, entre las que se encontraban la activista educativa Catharine Beecher, la sufragista Isabella Beecher Hooker y, sobre todo, Harriet Beecher Stowe, la autora de La cabaña del tío Tom. Charlotte, aunque aislada durante gran parte de su infancia, estuvo muy motivada intelectualmente por este entorno.
Aprendió a leer sola y dado que su madre no era afectuosa ni tampoco permitía que crearan fuertes lazos con sus amigos (con la idea de que eso les evitaría sufrir en el futuro, probablemente afectada por el abandono de su esposo) tuvo una vida de aislamiento afectivo, refugiándose en la lectura y convirtiéndose por ello en una lectora voraz que prácticamente se educó sola.
A los 18 años empezó a estudiar en la Escuela de Diseño de Rhode Island y logró forjarse una carrera como artista, ganándose la vida diseñando tarjetas de felicitación y dando clases.
A pesar de que nunca mostró interés por casarse y formar una familia, a los 24 años, se casó con el artista Charles Walter Stetson, con el que tuvo una hija, Katharine. Tras dar a luz sufre una depresión postparto muy aguda con tendencias suicidas. La depresión postparto en esa época era una patología considerada como meros nervios o sobreesfuerzo y no se le daba importancia. Decide tratarse con un terapeuta, el doctor Silas Weir Mitchell, considerado el padre de la neurología norteamericana, que le prescribe una “cura de reposo”, un tratamiento que ideó él mismo y que consistía en masajes, permanecer en la cama, comer mucho y descansar, aislarse de la familia, no relacionarse con nadie, sin escribir, ni coser, ni hablar ni leer, ni pintar… nada. Lógicamente, su estado en vez de mejorar se agravó de manera considerable.
Basándose en esta experiencia escribe El papel pintado amarillo donde cuenta la pesadilla que experimenta una joven madre y esposa que sigue la «cura de descanso» que ella padeció. Cuando lo publicó no dudó en enviarle al Dr. Mitchell una copia.
Charlotte abandonó el tratamiento y se autodiagnosticó: su problema era la presión insoportable del matrimonio y la maternidad. Para curarse se separó de su marido y se mudó con su hija a la casa de una amiga en California. Más tarde su marido se casaría con esta amiga y Charlotte decide entonces cederles la custodia de Katherine, manteniéndose cerca, casi en convivencia familiar con la pareja y su hija. Entiende que el padre debe convivir también con la pequeña. Esa forma de vida, lógicamente, fue criticada e incomprendida por la sociedad de su tiempo que tildó a Charlotte de “madre desnaturalizada” situación que la autora satirizaría en un cuento del mismo nombre.
Su vida estuvo lejos de ser convencional y estaba alejada de la moral victoriana. Sus vínculos erótico-afectivos rompieron con la “heterosexualidad obligatoria”. Incluso llegó a vivir con la periodista Adeline Knapp en lo que se conocía durante el siglo XIX como “matrimonio bostoniano”, es decir, dos mujeres solteras cuyo plan de vida no era el matrimonio y que vivían juntas sin (supuestamente) tener relaciones sexuales, compartiendo gastos para no tener que depender de un hombre.
En 1900, se casó con su primo, el abogado George Houghton Gilman, y permanecieron juntos hasta que él murió en 1934. Durante todo este período, Gilman siguió viajando, escribiendo e involucrándose con movimientos reformistas. Publicó libros de no ficción, enfocándose en la necesidad de una reestructuración de las tareas de cuidado, reforma del vestido y la ampliación de los derechos de las mujeres.
En 1909 se embarcó en un proyecto aún más ambicioso y creó y editó su propia revista de corte feminista, The Forerunner, que estuvo siete años en circulación. La revista, que incluía cuentos cortos, novelas serializadas, ensayos, artículos y reseñas, publicó un total de ochenta y siete números, de veintiocho páginas cada uno. Allí apareció por primera vez buena parte de su producción literaria de este período, incluyendo su novela utópica Matriarcadia, en la que tres hombres descubren una civilización perdida que vive en paz y está poblada totalmente por mujeres que se reproducen de manera partenogenética sin guerras ni enfermedades.
Además, Charlotte consiguió ganarse la vida con sus conferencias, siendo conocida en el círculo social de activistas y escritoras del movimiento feminista y llegando a tener renombre por sus conferencias sobre temas de la mujer, la ética, el trabajo, los derechos humanos y la reforma social, temas que también se encuentran en sus obras de narrativa.
Tuvo una participación activa en el Nacionalismo, un movimiento de reforma que predecía la caída del capitalismo y luchaba contra la avaricia y la distinción de clases, al promover una vida ética basada en la paz.
Mujeres y economía fue uno de sus libros sociológicos más importantes, en él denunciaba la desigualdad entre hombres y mujeres, basada en la desigualdad económica. Plantea que la clave para explicar la desigualdad entre los sexos radica en un hecho empíricamente comprobable y que no proviene de la biología: las mujeres dependen económicamente de los hombres. La desigualdad entre los sexos entonces es de corte social y no biológico y este mecanismo social se enseña y se aprende, no es inherente a las personas. Así, afirma:
“Somos la única especie animal en que la hembra depende del macho para la comida, la única especie animal en que la relación entre los sexos es una relación económica”.
Así, para la autora, patriarcado y capitalismo eran dos caras de la misma moneda opresiva que pesa y cobra factura sobre las mujeres. Por eso, el voto femenino no era suficiente para alcanzar la liberación de las mujeres, necesitaban, además, las condiciones materiales y económicas.
También afirma que hay que destruir el mito de la maternidad. No existe “instinto maternal”, es algo que también se enseña y se aprende, y que hace que la responsabilidad del cuidado solo recaiga en las mujeres. Para Gilman no tendría que ser así, los cuidados maternos podrían compartirse y profesionalizarse.
Sin embargo, como cualquier pensador o pensadora, Gilman tenía sus propias contradicciones y cuando pensaba en las mujeres, lo hacía desde su posición de mujer blanca de clase media. Su propuesta no solo no consideró a las mujeres afroamericanas, sino que a ratos incluso tiene un tono racista.
En 1922 se mudó de Nueva York a Norwich en Connecticut, donde escribió La religión del hombre y de la mujer, en la que concibió una religión libre de los dictados patriarcales opresores. En 1932 le diagnosticaron cáncer de mama. Tras enviudar en 1934, regresó a California para vivir cerca de su hija. Cuando se enteró de que el cáncer era inoperable, Charlote, defensora de la eutanasia, decidió suicidarse.
Su auto-biografía, La vida de Charlotte Perkins Gilman (1935) fue publicada de manera póstuma. A pesar de su impacto en la literatura y el feminismo, Charlotte Perkins Gilman y su obra fueron olvidadas durante décadas, su escritura se consideraba «demasiado radical» y sus ideas sobre la independencia femenina y la salud mental eran vistas con desdén por muchos de sus contemporáneos, fue eclipsada por autores masculinos hasta que el movimiento feminista de los años 60 hizo resurgir su obra. Aunque fue una de las pioneras de la sociología en Estados Unidos, como ha ocurrido con otras muchas autoras, fue víctima del borramiento que excluyó las voces de las primeras sociólogas que no fueron tomadas en cuenta.
