
Sylvia Plath nació en Boston en 1932. Su padre era profesor universitario y su madre, aunque también tenía estudios superiores, abandonó su carrera por petición de su marido que quería que se dedicara a la casa y a la familia.
Desde pequeña, Sylvia destacó por ser sumamente perfeccionista y aplicada: escribía, pintaba, tocaba el piano y acumulaba matrículas de honor. A los ocho años publicó su primer poema en una revista de Boston y, a partir de entonces, vivió impulsada por su vocación literaria.
En 1940, su padre falleció a causa de una diabetes de la que llevaba años ignorando los síntomas y que nunca quiso tratar. A pesar de que no tenía una muy buena relación con él (estaba siempre sumido en el trabajo y era una figura demasiado autoritaria para ella y su hermano), su muerte le causó una herida profunda a lo que se unió el hecho de que su madre no llorara su pérdida (supuestamente no lo hizo por no afectar más a sus hijos). Siendo todavía una niña se vio abocada a su primera depresión.
De adolescente empezó a escribir un diario personal que continuaría durante toda su vida, en él se cuestionaba su rol como mujer dentro de la sociedad que esperaba que, al igual que su madre, se convirtiera en una mujer sumisa. Ella, en cambio, quería ser una feminista radical.
Comenzó sus estudios universitarios en el Smith College y en 1953, consigue una de las plazas de «redactora invitada» de la revista Madeimoselle, a cambio de escribir un par de artículos, llevar a cabo algunas funciones como editora adjunta y acudir a una serie de citas, la revista le pagaba un pequeño sueldo y la estancia en el Barbizon Hotel en Nueva York durante un mes (experiencia que cuenta en La campana de cristal).
A la vuelta de Nueva York la escritora intentó suicidarse por primera vez. Ingiere una sobredosis de pastillas para dormir y permanece en paradero desconocido hasta que su hermano logra encontrarla tres días más tarde, escondida debajo de la casa familiar. Fue ingresada en un hospital psiquiátrico donde la tratan con electrochoques. Pese a esta experiencia, Sylvia consigue terminar el curso universitario con honores.
Siguió adelante con su carrera y, gracias a sus notas sobresalientes, consigue una prestigiosa beca Fullbright para estudiar en la Universidad de Cambridge al finalizar sus estudios, en 1955. Allí conocerá a Ted Hughes, con el que se casa menos de cinco meses después.
Siempre escribió poemas aunque deseaba escribir prosa, su miedo al fracaso hacía que no se decidiera a dar el paso y continuara con la poesía. En 1959 envía a una revista su primer libro infantil, El libro de las camas. Después de este vendrían Max Nix (publicado en español como El paquete sorpresa) y Mrs. Cherry’s Kitchen. Por desgracia no llegaría a ver ninguno publicado, se publicarían de manera póstuma.
En 1960 publica su poemario El coloso y nace su hija, Frieda.
En 1962 nace su segundo hijo, Nick, pero su matrimonio hace aguas, la pareja vive momentos de tensión, discusiones y las infidelidades constantes de Ted. Finalmente se separan en 1962, quedándose ella al cuidado de sus hijos.
A pesar de que no consideraba La campana de cristal un trabajo de calidad, en enero de 1963 la editorial Heinemann la publica, únicamente en el Reino Unido y bajo el pseudónimo de Victoria Lucas.
Un mes después, en febrero, Sylvia se despierta a las seis de la mañana y le prepara el desayuno a sus hijos, de tres y un año, les lleva a su dormitorio una bandeja con leche y pan con mantequilla. Vuelve a la cocina, cierra la puerta, tapa todas las rendijas con toallas. Abre el gas y mete la cabeza en el horno.
Ariel, su segundo poemario, editado por Ted Hughes, que hizo una selección y alteró el orden de los poemas, se publicó en 1965. Estos poemas junto a otros anteriores, recopilados en The collected poems, le valieron el Premio Pulitzer de Poesía en 1982.
La búsqueda de la perfección, el miedo al fracaso y la depresión la acompañaron desde temprana edad. Deseaba serlo todo y el tener que elegir le pesaba demasiado, así lo expresó con la metáfora de la higuera:
Vi mi vida ramificándose ante mí igual que la higuera verde del cuento.
De la punta de cada rama, como un higo gordo y morado, un futuro maravilloso me hacía señas y me guiñaba. Un higo era un marido y un hogar feliz y niños, y otro higo era una poeta famosa, y otro higo una profesora brillante, y otro higo era E.G., la fantástica editora, y otro higo era Europa y África y Sudamérica, y otro higo era Constantin y Sócrates y Atila y un pelotón de otros amantes con nombres excéntricos y profesiones poco convencionales, y otro higo era una campeona olímpica de remo, y más allá y por encima de eso higos había muchos más que no alcanzaba a distinguir.
Me veía a mí misma sentada en la horcadura de la higuera, muriendo de hambre, sólo porque no podía decidir cuál de los higos elegiría. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder los demás, y mientras permanecía allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaban a arrugarse y a ponerse negros, y uno por uno caían en el suelo a mis pies.
La campana de cristal
